Es mejor en números primos.
Hay números que sirven para más que solo contar, que sirven para recordar. El 67 es uno de ellos. No se deja partir en mitades ni acepta atajos: permanece entero aun cuando se le mira con insistencia. Siempre me pareció que hay cifras así, que no describen cantidades sino estados; que no enumeran cosas, sino silencios.
El 67 no pide compañía. Se sostiene solo, con una elegancia
discreta, como quien aprende pronto que depender es una forma de desgaste.
Primo, impar, ajeno a la cortesía de dividirse, parece hecho para permanecer
intacto aun cuando todo alrededor insiste en fragmentarse. Quizá por eso lo
pensé tanto: porque hay presencias que funcionan igual, que no se multiplican
ni se explican, pero dejan una huella imposible de reducir.
Cambia de forma, no de fondo. Puede escribirse en otros
alfabetos, traducirse a otros lenguajes, disfrazarse de código o de símbolo, y
aun así seguir siendo reconocible. Hay personas —tú, por poner un ejemplo— que operan bajo esa
misma lógica: no importa el contexto ni la distancia, siempre conservan la
misma gravedad, el mismo peso específico en la memoria.
Dicen que es un número fuerte, no por ostentación, sino por
posición. No está al centro para equilibrar, sino para imponerse con calma
entre extremos que nunca llegan a tocarse. Mantiene distancias precisas, casi
ceremoniales. Ni demasiado cerca, ni completamente lejos. Como si supiera que
la cercanía excesiva desgasta, y la ausencia absoluta duele más de lo
necesario.
Durante un tiempo —67 días, nada más y nada menos— repetimos
un ritual silencioso: recordarnos. A veces con gestos mínimos, otras con
descuidos deliberados, pero siempre con una honestidad que no necesitaba
testigos. No era insistencia; era costumbre. Una forma elegante de no
desaparecer del todo.
No hubo estruendo cuando decidí soltar lo último que
quedaba. Ningún incendio final ni palabras grandilocuentes. Solo ese eco tenue
que dejan los lugares donde alguna vez se fue feliz. Comprendí entonces que
dejar ir no siempre implica olvidar, y que hay fuegos que, aunque se extingan,
conservan el calor suficiente para seguir siendo verdaderos.
El 67 no presume. No se multiplica para sentirse completo.
Existe así, entero, sobrio, suficiente. Como ciertas historias que no necesitan
continuar para haber valido la pena. Como algunas personas que, aun cuando se
marchan, no se van del todo.
Y aunque el fuego ya no arda como antes, basta acercarse un
poco —solo un poco— para confirmar que aún calienta.
En portada: How I Meet Your Mother (20th Century Fox Television)

Comentarios
Publicar un comentario