Notas de una mosca peregrina.
Ya me he topado antes con gritos ahogados en mares de melancolía; con textos que no me nombran, pero me contienen; con ojos que no me observan, pero me embrujan.
Espero no cuente como hacer trampa, finalmente todo se
reduce —aunque no disminuye— a escribir sobre ti, y aunque escriba de delirios,
sobre demonios y recuerdos, poco o nada escapa de ti.
Ya no le haces caso a las abejas, sin mucha explicación nos
quemaste a todas dentro del panal; chamuscadas, apestosas, y las alas medio
rotas, en viles moscas putrefactas se volvieron mis textos y yo no es que me
queje, no me es ajeno el azufroso olor. Pero esta mosca sigue terca, tal vez
por desidia de salvarse de tus telarañas frías, o simplemente porque no le
gusta escribir para alguien más que no sea su majestad.
Luego entonces, parece la manera más discreta que tiene la
conciencia de recordarnos que todavía existimos en la decrépita mente del otro.
No siempre te recuerdo con estruendo, ni necesitas un nombre pronunciar; a
veces basta una palabra mal acomodada, una canción que aparece donde no se le
entonó, o la sensación absurda de haber sido pensado por alguien a quien hace
tiempo retiramos de la lista de invitados frecuentes a los salones de nuestro
corazón.
Tal vez fueron los versos sin agravios de anoche los que
ayudaron a invocarte otra vez, tal vez el humo de mis putrefactos pulmones
llegó hasta orillas de tu sacrosanta alcoba, inmiscuido por tu recámara de la
misma forma que tus recuerdos se filtran en mis poemas, letras libres y
canciones, hasta en un acorde de un instrumento de muy complicada ejecución.
Creo, pues, desde hace noches, sin buscarte demasiado —más
por sueño que por no querer—, te he tenido cada madrugada a la orilla de mi
cama, dando calma a mi conciencia y pateando con tus pies, sin encontrar
diferencia entre las sábanas y tu piel, respirando la esencia de tu ser.
Quizá por eso las madrugadas se han vuelto una especie de
templo pagano. No hay rezos ni santos en ellas, apenas el silencio, el
cansancio y esa extraña costumbre de encontrar tu figura donde debería haber
solamente oscuridad.
No vienes cuando te llamo —aunque lo intente cada noche—,
sino cuando la conciencia se distrae y deja abierta alguna puerta. Entonces
apareces, sin ceremonia, sin explicación, inundando la noche silenciosa con tu
voz, la que no recuerdo, la que te inventé.
Al principio, sospeché que estaba perdiendo la cabeza, que
mis delirios habían tomado posesión; pero luego supe que —y créeme, lo supe
bien— la realidad había dejado de contar conmigo y decidió darme por mi lado, y
sucumbió ante mi obstinación de tenerte aquí conmigo, sintiendo tus latidos.
Solo creo, ella no te avisó.
Todos dicen que me encuentro en el Bajío, algunas fotos
dicen que estoy en Colón. Pero si a mí me preguntan, les respondo sin rodeo que
estoy justo a dos esquinas de la catedral que construí para ti, esperando en
Chesterfield Street.
Y es así como pregunto, a manera de responder a la
envenenada pregunta, si yo me encuentro aquí contigo, ¿dónde estás tú?

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