Más cartas de la aristocracia.


Hace unos días, escribí sobre el terror al terror per se [lea mi columna “Pero qué terror (el terror)” dando click aquí]. No lo hice como una paradoja o pleonasmo premeditado, sino como una mera observación sobre lo que sucede cuando el miedo es quien dicta lo que hacemos y, sobre todo, lo que dejamos de hacer.

Fue casi a la par de esa ocasión cuando escribí un texto sin dedicatoria, pero con su nombre salpicado por cada párrafo. No tengo ni la más remota idea de si mis delirios en forma de letras llegarán a besar sus ojos, pero creí que sería interesante compartirlo con ustedes…


Lamento que haya pasado tiempo desde la última carta que envío, no porque piense que esperas leerme con emoción —o que tengas ánimos de saber de mí—, lo lamento por mí, porque siempre es bello pensar en la posibilidad de que mis letras resuenen en tu pecho.

Y escojo bien mis palabras, pues he dicho “… que envío”, no “… que escribo”, porque, si de escribir para ti se trata, dudo que alguna vez haya dejado de hacerlo.

No han sido mis mejores días, pero he tenido peores. Tu ausencia se ha convertido en una presencia palpable y escalofriante, pero he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre un sentir en particular: extrañarte.

Te extraño, pero no como quien extraña la mañana durante la noche, sino como el que observa en el viento el recuerdo de lo que algún día fue, de lo que un día dejó de ser. De lo que ya no está, de lo que se ha ido, de lo que no vuelve.

No es que abuse de la melancolía, es que ya solo eso me queda.  Pienso en ti, en mí, en lo que pudo significar un “nosotros”. Creo que lo más triste de todo es saber que solo a uno de los dos le importa todo eso.

No olvido mis pecados, no olvido lo que hice y, en especial, lo que no. No me arrepiento, sabía lo que hacía, conocía las consecuencias; en realidad, de estar en la misma situación, probablemente no cambiaría nada. El infierno no me es ajeno, pero no recordaba que doliera tanto.

Mis demonios apostaban a que la siguiente vez que leerías mi nombre sería sobre mi esquela. Yo espero que no; sin embargo, en una cosa debo darles la razón: Tal vez necesite morir para hacer que me extrañes. ¿Valdrá la pena? Espero no averiguarlo pronto.

He comenzado a aceptar la idea de que mi sitio se encuentra lejos de ti, y eso me aterra. Me aterra normalizar tu ausencia, el miedo invade cuando pienso en ello, pero eso es porque una parte de mi se aferra al sueño de que un día, sin avisar, te sentiré cerca de mí; no sé si tu regreso sería definitorio, pero puedes apostar a que, si decides volver, no voy a soltarte tan fácil otra vez.


En portada: Call Me by Your Name - Luca Guadagnino (2018)

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