Pesadillas, escritores y figuras paganas.

 

Escribir contra corriente no es algo nuevo. Es —de alguna manera— el estado natural en el que se desarrollan la gran mayoría de mis cartas y cualquier escrito que —con dedicatoria explícita o no— va dirigido a un tercero —o segundo, según quien me esté leyendo ahora mismo—.

Con esto, no quiero decir que haya fuerzas confabulando para evitar la existencia de mis textos, es más bien el hecho de que mis obras —por más pretencioso que suene— no figuran en la lista de menesteres de para quienes son escritas —o dirigidas, al menos—.

Hace no mucho, creo que durante una pesadilla, una figura pagana me confrontó. Aseguraba que mis textos hacia ella no eran otra cosa más que retazos de una realidad ficticia, un mero cuento, la idealización escrita de lo que mi trastornada mente creía saber. Y eso me hizo pensar.

Hay quien escribe de lo que ve, aseveran, afirman. Explican el amor, la tristeza, el ser y el deber ser, no bajo teorías, sino con decretos que marcan la pauta bajo su firma. Yo no. Yo escribo de lo que creo.

Se comentaba a manera de mofa en la mesa de El Show De Don Piter: “Suponer… me encanta suponer…”. Y es cierto. ¿Quién soy yo para decir que algo es algo y no otra cosa?

Para explicar esto, me apoyaré en Platón.

El discípulo de Sócrates propuso que existían dos mundos: el mundo sensible, ese en el que percibimos y sentimos todo lo que nos rodea; y el mundo de las ideas, una realidad eterna, inmutable y perfecta.

Mis cartas, columnas y, en general, todo lo que maquila mi trastornada conciencia, son un supuesto, un intento por representar una idea, un estudio a fondo de lo que aquella figura pagana provoca. La idea sobre ella.

Y es que tiene un punto. Construí la idea de un ser con tan solo notar su sombra y los matices que de ella emanan. Pero, en mi defensa, no hay obra sobre esta tierra que no haya empezado así, con una sola nota, una sola pincelada, un rayo de luz, un poco de oscuridad.

Tal vez mi composición le haya parecido equívoca, falta de fidelidad, lejana a su verdadera forma, antinatural y, tal vez, hasta un tanto blasfema. Pero la idea, la idea sobre ella, esa es eterna, inmutable y perfecta.


En portada: Pride & Prejudice (2005)

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