Las que nunca pasan de moda.

 

Algunas cosas sufren los terrores del paso del tiempo, se oxidan, pierden su brillo poco a poco; sin embargo, tengo la dicha —o el disfortunio— de que todo aquello grabado con tu nombre se mantiene ahí, intacto y —si acaso— añejo. Será porque tu nombre, tu imagen, tu voz, los guardo en lo más profundo de mi alma, tanto que no falta la ocasión en que se me olvida dónde los dejé.

Antes, la idea de perderte, de quedarme sin ti, encabezaba la lista de mis miedos. “Me muero si llego a perderte”, escribía en mis libretas. Hoy creo que lo que más me preocupa no es perderte, sino el hecho de que no puedo —y parece que tampoco quiero— arrancarte de mí.

Y entonces sobrevienen los desvelos. Sesiones literarias a media noche, donde tu sombra aparece de manera imprudente en cada línea, aunque sé que tus respuestas hace mucho dejaron de llegar. Me digo que ya no espero nada, pero igual sigo escribiendo, como quien insiste en golpear la misma puerta cerrada porque el eco que devuelve la madera todavía suena a compañía.

También me descubro en pequeños gestos que me arrancaste sin darme cuenta. Yo, tan renuente a verme retratado, me topé contigo y, como por acto de magia —o brujería— la cámara comenzó a perder su carácter de tortura. No sé cómo lo lograste, pero de pronto el espejo dejó de incomodarme, y aunque no me hizo más fotogénico, sí menos enemigo de mi propia imagen. Supongo que, sin proponértelo, me hiciste ver que no era tan grave dejar constancia sobre mi rostro en esta realidad.

Y está también la rutina. Hay canciones que todavía me llevan a ti, olores que se convierten en un túnel directo a la memoria, noches en que el insomnio se disfraza de nostalgia y me recuerda que tu ausencia tiene la mala costumbre de presentarse a deshoras.

El tiempo, con toda su arrogancia, no ha logrado desgastar la simpleza de tu recuerdo: todavía basta una chispa, un gesto, un silencio, para que tu fantasma se acomode en el asiento de al lado.

Quizá por eso sigo pensando que tus huellas no se borran, sino que se mezclan con lo cotidiano. Como si hubieras sabido esconderte en las costuras de mis días, apareciendo justo cuando más creo haber aprendido a olvidarte.

Y es entonces que me descubro sonriendo con ironía, aceptando lo obvio: supongo que algunas cosas nunca pasan de moda.

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En portada: Eternal Sunshine of the spotless mind (2004)

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