Otro mensaje que se convirtió en columna.

 

No es que no conozca otra forma de comunicarme más allá de mis poco elocuentes y un tanto melodramáticas cartas, pero es difícil llevar una conversación casual si haces caso omiso de cada uno de mis intentos por saber de ti.

Y es que si bien me fascina nuestra particular forma de comunicarnos —esa en la que escribimos desde nuestro cielo con la esperanza de aparecer en el firmamento del otro—, todavía me gusta escribir tu nombre al margen.

Habito cómodamente en la profundidad, pero a veces también me carcome la conciencia por conocer las pequeñeces de tu día. El color de tu mañana, el aroma en tu café, los pensamientos de tu ocaso, las conversaciones con tu almohada.

Tal vez es porque guardo una gran devoción a la rutina y pensarme reflejado en la tuya sería un hito en la extraña y confusa tragicomedia que es nuestra historia.

Ya sea en cartas, poemas o columnas; presagios en el firmamento o textos en el aire, con dedicatoria explícita o prosódica; cuando escribo para ti, se nota.


En portada: What If (2013)

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