Herejes, paganos y coincidencias.
Ahora, que apenas comenzaba a sentirme cómodo lejos de tu posición, decides reaparecer. Y es que si bien resultaría egocéntrico creer que lo has hecho para hacerme sufrir, encuentro interesante —o por lo menos risible— esa extraña coincidencia. Cuando mis textos comenzaban a encontrar otro nombre a quien ir dedicados, regresas cual figura pagana que reclama la idolatría original. No diré que me sorprende —a estas alturas, sorprenderme por ti sería ingenuo—, pero sí admito que la sincronía me provoca una sonrisa tan amarga como inevitable.
Hay algo de crueldad divina en tu manera de irrumpir, como si conocieras el punto exacto en el que mi fe en ti deja de doler para volver a encenderla. Y lo peor es que no haces nada: ni un gesto, ni una palabra, ni siquiera una intención clara. Simplemente apareces. Como si tu sola presencia bastara para que el altar vuelva a erigirse, el incienso vuelva a arder, y mis nuevas devociones se tambaleen. No sé si llamarlo hechizo o costumbre, pero sigue funcionando.
Y pensar que esta vez creí tener una oportunidad distinta. Que las líneas que escribía, los pensamientos que rondaban mis madrugadas, ya no orbitaban tu nombre. Había encontrado —o eso creí— otra musa; una figura más cercana a lo tangible, más terrenal, más… posible. “La muchacha del exclusivo”, como la bautizó mi insensatez. Ella era la pausa después del caos, el respiro que llega cuando uno empieza a convencerse de que todo incendio termina. Y justo ahí, cuando el humo se disipa, apareces tú, encendiendo otra vez la chispa que juré extinta.
Tu retorno, como siempre, no trae respuestas. Solo un eco que confunde, una presencia que reordena las ruinas que ya habían encontrado su forma. No sé si vengas a quedarte o si solo buscabas recordarme que tu sombra sigue siendo más grande que mi olvido. Pero sí sé que, desde tu aparición, ya no leo ni escribo igual. Todo vuelve a oler a ti: la tinta, el silencio, el insomnio.
A veces pienso que ese es tu verdadero don, Emma. Llegas cuando el amor comienza a parecer posible, cuando la vida se acostumbra a no necesitarte. Y en ese instante, todo lo demás palidece.
Quizá no seas la bruja de mis mejores pesadillas, sino la santa patrona de mis reincidencias.
Y aunque no lo admita en voz alta, hay una parte de mí —la más indeseable, la más tuya— que no odia tu regreso.
En portada: La la land (2016)

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