Más cartas, más rezos y brujería.
Saberme leído por ti habita en lo más alto de la lista de temores que me desvelan; y sin embargo, también es de esas pocas cosas que me arrancan una sonrisa culpable, de oreja a oreja, como si me sorprendiera celebrando un pequeño sacrilegio. Leer tus palabras fue, al mismo tiempo, esa herida que se rehace y la cura que nunca supe buscar: me encontraste en el texto como quien encuentra un recuerdo en el bolsillo.
Lo dijiste con la delicadeza de quien conoce la liturgia del
abandono: “hacer del vacío una ofrenda”. Nombrarte —aunque fuera en papel,
aunque fuera a medias— se sintió como saludarte desde lejos; y tu respuesta,
esa sonrisa que nunca he visto, pero que —seguramente— te he arrancado una que
otra vez.
Pensé en ello mucho después: en esa manera tan nuestra de
saludarnos en silencio, por líneas, por pausas, por faltas de aliento. Desde tu
última ausencia han pasado deidades menores, fantasmas con pretensiones y
figuras paganas que quisieron ocupar tu lugar sagrado. Algunos se instalaron a
la puerta del templo y fingieron ofrenda; otros solo dejaron polvo y se fueron.
Pero ninguno tuvo la paciencia de tu nombre, ninguno supo volver a mí con la
fidelidad de tu silencio.
Extrañé tanto que escribirte fuera el mayor de mis
problemas. No sé explicarlo mejor: la escritura se me volvió un acto de
supervivencia y, simultáneamente, un sacramento sin celebrante.
No he logrado entenderme del todo cuando pienso desde tus
ojos. Pero desde tus letras, esas que ahora me devuelves con la generosidad de
quien regresa por curiosidad —o por costumbre— tengo, al menos, más éxito para
reconocerme. En ellas siento que —de algún modo— tú también sonríes al saber de
mí.
Dices que quizá no sea un regreso, sino una visita; yo
prefiero llamarlo ‘reclamo’: algo vuelve a tomar su lugar, no por violencia,
sino por derecho.
No sé qué será de nosotros mañana. No sé si esto es destino
o simple costumbre que se vuelve rito. Tus letras me llamen y me devuelven al
lenguaje que siempre supimos compartir, y eso —de cierta forma— me pone en
deuda contigo, en deuda con la paciencia de quien aguanta el desorden que dejo
al escribir.
Visita, reclamo o simple sincronía, aquí estás. Y aunque reniegue, aunque intenten tentarme con nuevas devociones, siempre serás la bruja de mis mejores pesadillas.
PD: Todavía sueño con estar frente a tu altar.
En portada: La La Land (2016)

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