Otra terca Navidad y yo pensando en "el control... el control..."
La Navidad siempre ha tenido algo de tregua mal entendida. Se le atribuye la capacidad de reconciliarlo todo —los afectos rotos, las ausencias, incluso las renuncias— cuando en realidad lo único que hace es iluminar con mayor claridad aquello que decidimos callar el resto del año. Tal vez por eso diciembre pesa distinto: no por lo que trae, sino por lo que deja ver.
Hace un par de semanas comenzó una abstinencia que no
figuraba en ningún calendario litúrgico. No hubo anuncio solemne ni gesto
dramático; fue más bien una decisión tomada en voz baja, como se toman las
cosas que duelen de verdad. Desde entonces, las mañanas se han vuelto más
largas y las noches, curiosamente, más breves. No porque el insomnio haya
cedido, sino porque ahora sueño menos. O sueño distinto.
Las canciones volvieron —las mismas de cada año— y uno finge
no saberlas de memoria. En ese ejercicio de repetición hay algo profundamente
humano: insistir en lo conocido para no pensar en lo que falta. Y, sin embargo,
hay ausencias que ni el villancico más alegre logra disimular.
Hay gestos que ahora hago solo. Comprar un detalle sin
destinatario claro. Mirar un escaparate y pensar —por inercia— en si le
gustaría o no. Detenerme a mitad de una frase que ya no tiene a quién ser
enviada. Son hábitos que el cuerpo conserva aun cuando la razón ha tomado
distancia. El cariño, al parecer, no entiende de abstinencias voluntarias; solo
se adapta.
Y, aun así, hay algo profundamente honesto en esta ausencia.
Alejarse también puede ser una forma de cuidado. No del otro —que sabrá
arreglárselas sin uno— sino de aquello que uno no quiere seguir traicionando:
el sentimiento. Hay renuncias que no empobrecen, que no se viven como derrota,
sino como una manera distinta de querer. Más silenciosa, más digna, menos
invasiva.
Pienso en eso cuando veo a las familias reunirse, cuando
escucho brindis que prometen años mejores con una convicción que envidio.
Pienso que no todos los afectos están hechos para ocupar un lugar visible en la
mesa. Algunos están destinados a quedarse entre líneas, como una dedicatoria
que no se firma pero se entiende. Y quizá esa sea su mayor fortaleza.
Esta Navidad no hay planes compartidos ni futuros ensayados.
No hay “tal vez” ni “el próximo año vemos”. Hay, en cambio, un agradecimiento
discreto por lo que fue posible mientras lo fue. Por las conversaciones que
ocurrieron. Por la cercanía que existió, aunque no supiera quedarse. Por la
calidez que, incluso ahora, sigue apareciendo en forma de recuerdo cuando el
frío aprieta.
Si alguna vez estas líneas llegan a ser leídas por quien
debe, sabrá encontrarse en ellas sin ser nombrada. Sabrá que el cariño no
desaparece con la distancia, solo cambia de forma. Que hay nombres que uno deja
de pronunciar no por olvido, sino por respeto. Y que, aun en la abstinencia,
hay pensamientos que regresan —como los villancicos— sin pedir permiso.
La Navidad pasará, como siempre. Se guardarán las luces, el
pino perderá su razón de ser y enero llegará con su promesa de orden. Yo
seguiré aquí, aprendiendo a querer sin invadir, a recordar sin llamar, a
desearle bien a alguien desde un lugar donde ya no se interfiere.
Tal vez lo más inesperado de esta temporada no ha sido el silencio, sino la libertad que vino con él. Ya no mido tanto las palabras, ya no las acomodo con la cautela de quien teme herir o desbordarse; no porque hayan perdido valor, sino porque dejaron de tener destinatario. Y en esa ausencia, curiosamente, apareció una forma distinta de alivio: decir lo que pienso sin calcular consecuencias, escribir sin esconder la mano, permitir que el afecto exista sin estrategia. No sé si eso sea madurez, resignación o simple cansancio, pero se parece bastante a un regalo de diciembre: discreto, sin envoltura llamativa, pero honesto, de esos que no se devuelven porque, aunque duelan un poco, llegan en el momento exacto.
Y aunque este diciembre no escriba tu nombre al pie de este
texto, sé que sabrás encontrarlo en medio de mis conjugaciones.

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