Geburstag notes, helados de vainilla y chocolate oscuro.
Hay días que no se anuncian. No llegan con estruendo ni con una fecha subrayada en el calendario; simplemente aparecen, se sientan a un costado del pensamiento y se niegan a irse. Hoy fue uno de esos días. No ocurrió nada extraordinario —al menos no en el mundo tangible—, pero algo en el aire me recordó que el tiempo también tiene memoria y que, de cuando en vez, decide cobrarla.
Pensé en ella sin proponérmelo. Como suelen aparecer las cosas que alguna vez importaron de verdad: sin permiso y sin urgencia. Ya no fue esa sacudida que obligaba a escribir de madrugada ni el vértigo que empujaba a redactar cartas con más fe que sentido. Fue distinto. Fue una presencia tenue, casi amable, como si el recuerdo hubiera aprendido a no doler. Y en esa quietud entendí algo que antes me costaba aceptar: que hoy, poco o nada significo en su vida. Y, sorprendentemente, eso no me entristeció.
Al contrario. Me pareció una buena noticia. Una señal tardía —pero bienvenida— de que tal vez renunciar no fue un acto de cobardía, sino de lucidez. Durante mucho tiempo me debatí entre la nostalgia y el arrepentimiento, preguntándome si había hecho lo correcto al dejarla ir. Hoy, sin embargo, fue el propio paso del tiempo quien se encargó de responderme. No la merecía entonces; menos aún ahora. No porque ella haya crecido —que seguramente lo ha hecho—, sino porque siempre estuvo un paso más allá de lo que yo podía ofrecerle.
Hubo una época en la que creí que el amor se medía por la insistencia, por la cantidad de palabras enviadas, por la frecuencia de las cartas. Hoy sé que no. Que amar —o algo que se le parece— también puede consistir en hacerse a un lado y observar desde lejos, sin intervenir, sin reclamar un lugar que ya no corresponde. Saberla feliz —o al menos sobreviviendo con dignidad— me produce una alegría serena, una de esas que no piden testigos ni aplausos.
Su imagen sigue siendo vívida, no lo niego. A veces aparece con la misma claridad con la que lo hacía antes: en un gesto ajeno, en una melodía que no buscaba, en una palabra mal dicha. Pero cada vez que la pienso, la siento más distante. No por olvido, sino por respeto. Como esas ciudades que uno ama, pero entiende que ya no le pertenecen. Se les recuerda con cariño, se les desea lo mejor, pero no se intenta volver a habitarlas.
Ya no le escribo como antes. No porque haya dejado de importarme, sino porque aprendí que algunas presencias se conservan mejor en silencio. Aun así, no se ha ido del todo. Sigue siendo parte de mí, de mi manera de entender el mundo, de nombrar ciertas ausencias. Tengo la certeza —quizá ingenua— de que, si alguna vez se encuentra con mis textos, sabrá reconocerse entre líneas. No porque la nombre, sino porque siempre supo cómo habitar mis palabras sin necesidad de ser invocada.
El tiempo, que suele ser cruel con los recuerdos, en este caso ha sido justo. Me enseñó que no todo lo que se ama debe poseerse, y que hay renuncias que no empobrecen, sino que ordenan. Hoy pensé en ella sin tristeza, sin reproche y sin urgencia. Pensé en ella como se piensa en aquello que fue verdadero, aunque breve; importante, aunque distante.
Y quizá eso sea suficiente.
*La imagen de esta portada fue generada con inteligencia artificial.

Comentarios
Publicar un comentario