Recaídas de madrugada.

 

Antes ustedes, un mensaje jamás enviado que se convirtió en columna. Con la esperanza de que sepas encontrarte entre mis líneas...

¿Habré de mancillar mi honor por dos noches seguidas? No, no lo creo, tampoco me odio tanto. Tal vez eso pasa cuando el ocio toma posesión. No hay intención clara o móvil que justifique el acto mismo; es, de alguna extraña y enfermiza forma, lo único que queda.

Causa algo de miedo, no por la naturaleza del momento, tampoco es el ambiente que hace parecer, es más por el nivel de sentencia y determinación que se respira. Perdón, creo que ya estoy siendo demasiado metafórico —mi verborrea de por sí ya es insufrible—.

Te escribo buscando una respuesta a la que no sabría qué responder, como un can que persigue autos sin tener la menor idea de qué haría si los alcanzara. Tal vez esto se ha convertido más en una especie de deporte macabro en el que pongo mi cordura en riesgo con cada palabra que elijo.

He contemplado la idea de que simplemente extraño lo que había antes. No me malentiendas, aún creo que tomé una buena decisión, es solo que todo ese sentimiento contenido, ese que llegaba hasta la médula y quemaba poco a poco, se me olvidaba cuando hablábamos. Tal vez solo haya sido mi mente tratando de aferrarse un poco más a la idea de que "un poco más" no haría tanto daño.

Tal vez esa sea la mejor manera de describirte. Algo que te gusta, que sabes que te hace daño, que empieza a generar dolor, pero que simplemente no puedes — o no quieres— dejar.

Quizá estos textos no sean más que eso: una simple recaída.

Pero bueno... ha sido demasiada metáfora por esta noche.


En portada: Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004)


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