Amantes y dementes.

 

Hace unos meses, en medio del bullicio citadino y pendientes por cumplir, una breve —pero significativa— escena llamó mi atención. Una pareja, ambos en sus veintes, sentados sobre la banqueta donde poco o nada parecía importarles el tránsito peatonal, con ella recargando su cabeza en el hombro y él recibiendo el gesto sin mayor pretensión que la de dar lugar a su descanso.

Fue inevitable pensarte —pensarnos, tal vez— y no sonreír.

Aquel momento no había sido solo un monumento al romance juvenil, sino una declaración de que el resto del mundo deja de importar cuando encuentras lo que de verdad importa.

Desde entonces, no he podido sacarme esa imagen de la cabeza. No por lo que fue en sí misma, sino por lo que provocó. Hay algo en el amor —infatuado, si quieres— que trastoca el orden natural de las cosas. Uno deja de obedecer las reglas más básicas de la razón y comienza a moverse bajo otras leyes, unas más suaves, más absurdas, pero también más honestas. Es ahí donde empieza todo: en ese pequeño desplazamiento donde lo lógico deja de ser suficiente.

No sé en qué momento uno cruza la línea entre el afecto y la demencia. Tal vez no hay tal línea, solo un desliz progresivo. Porque amar —o lo que sea que esto sea— implica permitirle a alguien habitar espacios que uno juró mantener intactos. Implica pensarte cuando no corresponde, sonreír en momentos que no lo ameritan, sostener conversaciones inexistentes con una versión tuya que solo yo conozco. Y, lo más inquietante de todo, disfrutarlo.

Me he descubierto haciendo concesiones que antes me habrían parecido ridículas. Cambiando rutas, deteniendo el paso, regresando sobre ideas que ya había dado por concluidas. Hay una insistencia que no logro domesticar, una especie de terquedad emocional que se resiste a la lógica más elemental. Y lo peor —o lo mejor— es que no quiero corregirlo del todo. Hay algo profundamente atractivo en este ligero extravío.

Porque si esto es perder la cordura, entonces hay una parte de mí que no está interesada en recuperarla. Hay una lucidez particular en el delirio cuando lleva tu nombre, una coherencia extraña en hacer cosas que no haría por nadie más. No se trata de una locura ruidosa ni escandalosa; es más bien un desajuste fino, casi imperceptible, pero constante. Un pensamiento que regresa, una idea que no se disuelve.

Tal vez por eso aquella escena me resultó tan cercana. No por lo que vi, sino por lo que entendí después: que hay momentos en los que el mundo se vuelve secundario, y no por descuido, sino por elección. Y en esa elección —tan simple, tan absurda— se esconde algo que roza la demencia, pero que también se parece demasiado a la felicidad.

Con el silencio que existe entre nosotros —ese que a penas logro romper junto con algo de mi orgullo— es difícil descifrarnos. Ese amor nuestro, el que vive en la ficción, ¿nos habría lanzado a la locura?

Quizás, quizás, quizás.

 

En portada: The End of the F***ing World (Netflix)


Comentarios

LAS MÁS LEÍDAS

Sobre los huéspedes y otros embrujos.

Que la fuerza te acompañe: #MayThe4thBeWithYou

Sobre los celos, las ensoñaciones y otros pormenores.