Provocaciones.
No soy de la idea de que haya que usar cada obra para causar respuesta o generar reacciones a terceros, muchas veces he expresado que la obra es más catarsis que mensaje. Pero si he de lanzar una provocación, habrá de ser por el medio en el que soy menos torpe: el escrito.
Y justo de eso quiero hablar.
Desde hace poco he sido blanco de una provocación. No sé si
esa ha sido la intención, sería presuntuoso creerlo, pero la intencionalidad
poco o nada tiene que ver con lo efectiva que ha sido. No me ha quitado el
sueño, pero se ha hecho notar.
Me es extraño describirlo desde este lado, normalmente soy
yo quien lanza las provocaciones, no quien las recibe. ¿Me siento vulnerable?
Cuando se trata de ella, siempre.
Y cómo no habría de sentirme así, si ha sido ella quien me
ha hecho tambalear de mi soberbia y caer en la sentimentalidad. No es dueña de
mi alma, tampoco de mis recuerdos, pero aprendió a entrar sin llave —aunque
tampoco he hecho mucho por detenerla—.
Fue ella quien convirtió su meloso romanticismo en lo más
duro de sí. Lo que fue debilidad terminó siendo la forma más precisa de herir.
No por intención, sino por consecuencia. Porque hay afectos que, cuando no
encuentran lugar, se vuelven filo.
Nunca quise ofrecerle más de lo que estaba dispuesto a
sostener. Y en eso, si algo he sido, es consistente. No hubo promesas rotas
porque jamás hubo promesas completas. Aun así, hay algo casi irónico en cómo
ciertas ausencias pesan más que cualquier presencia mal administrada.
Se fue como se van las cosas que no se discuten: en
silencio, sin dramatismo, pero con una determinación que no admite réplica. Y
yo —tan acostumbrado a imponer condiciones, a medir distancias— no tuve
argumento que valiera la pena pronunciar. No porque no los tuviera, sino porque
por primera vez entendí que decir algo no necesariamente cambia nada.
Se asoma con esa precisión que roza lo quirúrgico: lo
suficiente para hacerse notar, no lo suficiente para quedarse. Y no sé si busca
algo o simplemente verifica que aún hay eco. Pero lo hay.
Lo hay en detalles que me niego a romantizar y, sin embargo,
persisten. En la memoria incómoda de lo que no fue y en la sospecha —más
honesta de lo que me gustaría admitir— de que, en otro contexto, tampoco habría
sido. Porque no es el tiempo ni la circunstancia lo que nos faltó; fui yo, en
mi costumbre de no deberle nada a nadie, quien decidió que eso incluía también
lo que podía haber sido.
Y aun así, hay momentos en los que la narrativa se me rompe.
Breves, casi imperceptibles, como si algo dentro de mí no terminara de firmar
el acuerdo que hice conmigo mismo, como si todavía llego a soñar con que sus
brazos me sujeten sin dejarme ir.
Pero tampoco voy a fingir que no reconozco su sombra cuando
pasa. Porque si algo aprendí de ella es que hay presencias que no necesitan
quedarse para ser permanentes. Y ella, con esa forma tan suya de entrar y
salir, terminó por convertirla en una de ellas.

Comentarios
Publicar un comentario