Las muchachas de industrial | Rutina poco solemne
Hace unos días escribí un par de textos que decidí guardar. Probablemente fue porque temía por las represalias de cierto personaje; pero en vista de no haber recibido ningún maleficio, y un poco a sabiendas de que ya ni su desprecio me permite leer, les quiero compartir dos ejercicios literarios que espero disfruten de leer tanto como yo de escribirlos.
"Las muchachas de industrial"
Al entrar a la carrera no sabía lo fácil que me iba a
enamorar. Por más que había caído antes en romances escolares no había manera
de presupuestar que al entrar al salón me encontraría con una sonrisa tan
peculiar, con unos modos tan reconocibles y unos ojos muy chiquitos, era tan
especial.
Fue pasando semana tras semana, a penas la podía saludar.
Trataba de mostrarme interesante, pero parece que nunca fui demasiado genial.
Me fui poniendo triste ante los hechos, creí que mi vida se iba a acabar. En
eso me cambiaron de salón y una nueva muchacha se robó mi corazón.
Siempre me gustó más la porcelana, aunque el ébano no me
disgustó; con los ojos enormes y uñas tan ruidosas como los tacones que ella
presumió. Más de uno pretendía a aquella chica, le daban flores, rosas de a
montón. Supe, algunos vaqueros le regalaban becerros, uno creo hasta un predio,
y mis cartas no pasaban del buzón.
Estaba fuera de mi presupuesto, ni cambiando a Faros me
alcanzó. Quería ser solo amigos, pero eso no va conmigo; seré pobre, pero nunca
migajón. Le lloré por unas cuantas lunas, hasta que por otro salón pasé.
Entonces la encontré, pelo azul, de muy buen ver; no estaba disponible, pero le
escribí unas cuantas veces, lo admito, un poco sí lo disfruté.
Ya sean de otro edificio o del servicio, a los alacranes les
gustan por igual; ya sean güeras, de pelo azul, hasta rockeritas, medio grunge.
Qué preciosas las muchachas de industrial.
Sigo siendo aficionado a los mensajes de noche, y aunque
escribo más de los que recibo he de decir que no siempre es importante ser el
destinatario, para bien o para mal me va mejor dar que recibir.
Por la mañana no pienso demasiado en tus infiernos, me
permito disfrutar del poco sol, de mi café. A penas a medio día va llegando el
pensamiento, acompañado del almuerzo y tus recuerdos en mi piel; pláticas con
el germano mientras enciendo un tabaco, no mencionamos tu nombre, pero sí tu
modo de ser.
Se va escondiendo el día y la luna va asomando, casi, casi
pareciendo que nos empieza a llover. Es entonces que decido que todo lo que he
pensado se traduzca a unos cuantos textos, versos, ya veré.
En mis notas me encuentro muchas ideas incompletas, muchas
fueron por desidia, otras por falta de escritor; con el bolígrafo en mano y las
ideas en la conciencia, dejo que mis delirios de mis manos tomen control.
Ojalá no te molestes si tomo prestados tus modos, sé que no
son garantía, pero a ti te funcionó hacer como que no existo, que no respiro
hace mucho, no hacer caso a los edictos ni a otra publicación.
Va cerrándose la noche, el texto se va acabando, el sueño me
va ganando poco después de las dos. Y antes de las cinco a. m. el café voy
preparando, trato de matar al sueño y después mato al pulmón. El sol nos va
saludando y yo solo estoy esperando que nos vuelva a caer la noche y fantasear
de nuestro amor.

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