Te regalo mi pulmón.

 


Hace años era aún más tonto e inmaduro de lo que soy ahora. Es un pecado usual, uno que no debería de extrañarle a nadie, más cuando sigue presente en los detalles del día, en nuestros modos, delirios y ansiedades. 

No hablaré de los pecados porque no alcanza esta columna, y menos de los míos, porque no alcanza la tinta; pero hablaré de uno, solo uno.

No es el que más me duele, tampoco el que recuerdo más, pero sí el que me deja tirado un par de horas sobre la cama, el que me hace escribir de más, y el primero en su tipo que cometí.

Cuando apenas comenzaba a discernir entre lo bueno y lo perfecto, y en medio de mis primeras lecciones sobre esa ordinaria forma de engatusarnos que tenemos los adolescentes por otros, me fue entregado algo tan bello como peligroso: un corazón adolescente.

Pasé tiempo queriendo darle el mío a una ballerina de grandes mejillas, le llamaré 'Julieta'. Cada intento de entregar a Julieta la potestad de mi sangre resultó en fracaso. Pasó el tiempo, pasó tanto que regresé mi corazón a su empaque original. Fue entonces, mientras los potros competían y los cuetes resonaban, que me encontré con esos ojos de venado dormilón. 

El encuentro fue sutil, casi desapercibido. Aquella relación comenzó siendo epistolar, y menos mal así fue, porque si escribiéndole se me entumían las manos, mis piernas se hubieran roto al pararme junto a ella. 

Mis torpes primeros intentos de pseudo filósofo le parecieron dignos de leer y escuchar. Su divertida y espontánea forma de reaccionar a mis malos chistes la fueron llevando más cerca de mí. Vivimos juntos la torpe e inmadura pasión que solo dos adolescentes podrían protagonizar. 

Creí que mi corazón había encontrado un nuevo lugar donde habitar, pero antes de siquiera romperle el sello, ella me dio el suyo en bandeja de plata. Tan acostumbrado a buscar a quien darle todo mi amor, y llegó ella a entregarme el suyo.

Aquel bello corazón se me entregó sin preguntar, sin pensar en si estaba listo, confiando en que mis torpes manos sabrían sujetarlo. Así pasó el tiempo, mi ojitos de venado empezaba a sentirse mal a falta de su motor, pero era su deseo que estuviera conmigo. 

Si alguien ha merecido mi corazón fue ella, pero cuando quise darle el mío, al buscarlo en mi cajón, me hallé con que la Julieta perdió la llave que le di con él.

Mi ojitos de venado lloró hasta dormirse. No quería su corazón de vuelta, quería el mío, y yo no pude dárselo. Envolví con sutileza su frágil corazón, y con tristeza lo dejé en su buzón.

Pasaron los años, y la vida, tan canija como solo ella, hizo que la Julieta encontrara cierta gracia en mí. A la distancia, mi ojitos de venado perdonó mi estúpida forma de actuar y las epístolas, aunque ya no románticas, celebraban el cariño y la ilusión de lo que alguna vez pasó.

La misma vida, tan canija, tan maldita, se llevó lejos a Julieta, y a Julieta con las prisas se le olvidó el amor que procuramos mantener. Así, me quedé sin la Julieta.

Creí que mi corazón se iría con ella, pero más bien buscó la ruta para regresar con mi venadita. Y la vida, que no deja de ser cómica, nos dijo que aquel camino ya estaba cerrado. Ella encontró dónde dejar su corazón, tampoco tenía intenciones de recibir otro. La vida me quitó a la Julieta, pero yo solito perdí a mi ojitos de venado.

Con el tiempo, un poco más por suerte que por decisión, he ido dejando de ser tan idiota, tan inmaduro, tan tacaño a la hora de amar. Creí haber encontrado dónde dejar todo el amor que aprendí a dar, pero la bruja se me fue, casi como la Julieta, pero al menos la Julieta un beso me regaló.

Pensando un poco en todo esto, tal vez no sea problema el pecado, más bien el pecador. Porque siendo peregrino hago siempre el mismo rezo, porque tal vez no sean ellas el problema, sino yo. 

O tal vez sea mi corazón que no pasa nunca más allá de la recepción. Intentaré cambiar de órgano, porque a este parece que se le acabó el amor. Tal vez la próxima les llegue mi cariño si le pongo un moño azul, si en vez del corazón, les regalo mi pulmón.

 

En portada: Catch me if you can (2002)

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